Una Sonrisa
No cuesta nada una sonrisa pero vale mucho. Enriquece a quién la recibe sin empobrecer a quién la da. Dura sólo un instante, pero el recuerdo de esa sonrisa dura para siempre.
Nadie es tan rico que puede vivir sin ella, ni tan pobre que no la merezca. Es la señal externa de la amistad profunda.
Una sonrisa alivia el cansancio. Da fuerzas al alma, y es consuelo en la tristeza. Una sonrisa puede ser un tesoro desde el momento que se da.
Si crees que a ti la sonrisa no te aporta nada, se generoso y da una de las tuyas, porque nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa como quién no sabe recibir.
Después de estas bonitas líneas, contaré mi historia.
Cada mañana se levantaba sin hacer mucho ruido y no despertar a nadie. Iba al cuarto de baño, se lavaba la cara con agua bien fría, y se miraba al espejo. Monumental sorpresa, cuando se vio una estrella de color blanca que rodeaba su ojo izquierdo. Bajo la mirada y tenía la nariz redondita de color rojo.
Se frotaba bien la cara, para ver si era realidad o un sueño, intentaba borrarse la estrella pero era imposible.
En un momento, entre tanta preocupación, comenzó a reírse. Delante del espejo, sin nadie que pudiera verle, tuvo un ataque de risa, carcajadas que resonaban en toda la habitación. Por fin había visto su encanto.
A partir de ese día, cada mañana se levantaba he iba corriendo al espejo, se miraba fijamente la estrella, la nariz rojita y empezaba a reírse. Esa sonrisa matutina era la gasolina que le proporcionaba la fuerza suficiente para poder disfrutar de ese día.
Él chico pensaba que la gente, al igual que él ante el espejo, podía ver que era un payaso. Pero la gente no veía más allá de un chico de estatura pequeña, con una fortaleza física escasa.
El payaso se dio cuenta, que la gente no le veía como él se veía al mirarse al espejo.
La sonrisas que le producía
el verse, era la alegría
que necesitaba cada día
para poder seguir con valentía
los obstáculos de cada día.
Una luz se encendió en su interior. Si yo soy feliz sonriendo, el resto también puede serlo. Olvidémonos de tanta competencia, de tanta guerra y seamos más generosos.
Las sonrisas las regalaba a todo el mundo, tanto a gente que conocía como a gente que no conocía, gente que le importaba y gente que no le importaba. Esta labor tan gratificante, no era nada costosa para él, pero muy importante para el resto, creaba un vínculo invisible entre quien emitía la sonrisa y quien la recibía.
La noche era oscura, los truenos retumbaban como misiles en una guerra, la lluvia se clavaba en mi cuerpo como agujas de cristal. Pero ahí permanecía sentado pensativo, observando el devenir de los acontecimientos. De repente se acercó alguien que no esperaba.
Era un individuo que tenía un caminar un poco estrambótico. No podía verle con claridad, por culpa de la oscuridad. Poco a poco fue acercándose a mí, pude descubrir cómo iba. Caminaba con unos zapatones rojos enormes, con un pantalón anchísimo a cuadros, seguro que era 10 tallas más grande que la suya, pero se le aguantaba en pie gracias a unos tirantes de animalitos. Una camisa de cuadros azules y verdes, muy graciosa. Pero su rostro era lo más simpático, tenía una estrella en el ojo como yo, una nariz roja como yo, pero además tenía un pelo rizado de mil colores, que no estaba húmedo gracias al enorme sombrero de color verde que le hacía de paraguas.
Le regalé mi sonrisa como siempre hago, él la recogió con mucho entusiasmo diciéndome a continuación,
- Muchas gracias, pero esa sonrisa se ha ahogado entre tanta agua.
No sabía si se refería a mi rostro triste que estaba a punto de desencadenar en una tormenta de lágrimas, o a la tormenta atmosférica que inundaba mi soledad. Pero le respondí,
- Tranquilo amigo, te he enviado la sonrisa con gafas de buzo y tubo, seguro que no se pierde.
Una carcajada grandilocuente nació de los dos a la vez. En se momento comenzó una batalla de frases ingeniosas, que provocaron la huida de las nubes, el cese de las gotas, y la calma en el ambiente.
- No sabes que aquí sólo puede venir alguien a raptarte. – Me dijo mi nuevo amigo con tono apaciguador.
- A ver si es verdad que viene alguien, porque ya va siendo hora de cenar, y tengo un hambre…
Realmente tenía miedo, pero la sonrisa era mi espada y las risas mi escudo.
Al llegar a casa, y acostarme en la cama. Como cada noche, mirando al techo. Ese que nunca se mueve, que nunca te dice nada pero siempre está ahí. Comprendí algo que no había visto antes.
La sonrisa que yo regalo la gente lo agradece, pero es sólo el principio de la entrada a la amistad. Después de esa primera sonrisa, deben de seguirles más risas, carcajadas, provocadas por mi ingenio.
Cuando consigues a alguien hacer reír con ganas, poco a poco te abre las puertas de su corazón. Baja los escudos, tira las armas al suelo, y deja paso a su alma.
No había terminado de encontrar la solución a sus penas, que le venía a la cabeza otra. ¿Cómo hago reír a los que me rodean?
Cada individuo tiene una forma de ver el mundo, todo el mundo tenemos sentido del humor, pero no nos reímos por las mismas cosas. No entendemos, ni percibimos le mundo del mismo modo.
Este era mi gran reto, averiguar cómo hacer sonreír al mundo.
Delante del espejo encontré la respuesta. Yo era un payaso, no tenía que hacer nada, solo debía ser natural. Decir lo que pasa por mi mente.
No debo imitar a nadie, no debo esforzarme en agradar a nadie, únicamente ser tal y como soy.
De esta forma regalaba mi sonrisa, y hacía reír constantemente a la gente.
Mi humor no era un humor inteligente, no era contar chistes, era más bien un humor sencillo, incluso me atrevería a decir absurdo, pero sin maldad. El objetivo de hacer reír, es hacer feliz por eso no puedo hacer daño con mi forma de divertir al mundo, porque no lo estaría cumpliendo.
La risa es mi vicio, uno empieza por hacer feliz a los demás, por alegrar esas tristes caras, pero no se da cuenta que poco a poco la cara de felicidad de los demás empieza a dejar huella en su interior.
Poco a poco son más las caras que han cambiado su semblante gracias a mí, y todas ellas tienen un hueco en mi corazón. Mi felicidad crecía a medida que crecía la alegría de los demás.
No era consciente de nada, pero mi felicidad dependía de las risas de los demás, cuando el mundo lloraba, aparecía como un arcoíris para iluminar sus rostros.
Hay gente que no entiende porque lo hago, hay gente que opina que realmente es tonto el que hace tonterías, pero nadie se da cuenta que su sonrisa es el latir de mi pasión.
Leo tu post y me pregunto: ¿Como alguien que es capaz de escribir así, escribe tan poco?
ResponderEliminarEnhorabuena por ser capaz de hacerlo de esta manera.