domingo, 17 de octubre de 2010

recuerdos

Salía de casa con un chándal, cansado de estar encerrado y ver como cada pared de mi habitación cada vez se acercaba más a mí.
Estaba anocheciendo, el cielo de color purpura me cubría las espaldas. Sólo por las calles de Calpe caminaba, coches iluminando la calle pasaban con un sonido ensordecedor, con prisa de llegar a su destino.
Caminando sin ningún rumbo, dejándome guiar por las sensaciones del momento, acabe llegando al colegio. Ese que tanto odiaba de pequeño, y al que nunca quería entrar. Hoy sin necesidad de ir y con unos años entre medio sin vernos, me fui a visitarlo sin esa voluntad.
Apoyado en un pino viendo el patio, miles de emociones de pequeño me vinieron a la cabeza. Cuando corría, cuando sonreía, cuando le levantaba la falda a las niñas… años de travesura e inocencia enterrados por los años.
Más nítido se dislumbró un recuerdo, es recuerdo que dibujo una leve sonrisa inicial.
Con 6 añitos no paraba quieto en el patio, corría, pillaba a uno a otro. Jugaba a futbol, pegaba puntapiés a una portería, a la otra, daba igual con quien fuera, el balón había que darle patadas y yo era el que más le daba, además de llevarme algún pie por delante. Era un nervio constante, mis compañeros no me decían si les caía bien o mal, porque no podían seguirme corriendo, cuando parecía que me iba a sentar en un banco, la gente alucinada despacio se movían hacía mi, para ver que me ocurría, pero antes de pegar el culo en la madera, daba un brinco y saltaba el banco a los dos pies, y cuando no lo saltaba me daba en todos los morros contra el suelo, pero eso tampoco conseguía determe. Era un pequeño Son Goku en potencia, la tele mi mejor amigo, y Son Goku ese amigo que nunca tuve.
Cuando me dolía algo, me tomaba el “pesols mágics” y se me olvidaban todos los dolores, si necesitaba más energía para correr más, iba a la fuente mágica a tomar la “pócima mágica”. No había dia que no me concentrará he intentará convertirme en super guerrer, pero el pelo solo se me puso rubio, cuando fui a la peluquería y me lo tinte completamente de rubio cuando crecí unos añitos.
Una persona fue la que consiguió cambiar el ritmo de mi vida. Una chica que no conocía, pero que siempre se sentaba cerca de la valla a leer. ¿Una niña a la que le gusta leer? Debe de estar loca con lo aburrido que es eso, pensaba yo.
Pero poco a poco fui fijándome más en ella, desde la lejanía, de vez en cuando la miraba pensando que ella no se daba cuenta. Nuestras miradas empezaron a cruzarse, y yo con la timidez de la edad, cuando me sentía descubierto, giraba la cara y salía corriendo.
Al final me pararon, una escayola en la pierna derecha, fue la única que pudo detenerme, y al lado de mis amigos me sentaba en un banco a ver como ellos jugaban, mientras yo me lamentaba de no poder estar con ellos. Mientras me odiaba por tener ese cacho de yeso en la pierna, que tanto picaba. Maldecía a todos los dioses y no dioses por estar en ese banco. Cuando me dí cuenta que la chica que leía, se acercaba a mi banco. Mi corazón empezó a correr, parecía que iba a salir disparado por la boca, pero yo la cerré rápido para que no se escapará, y aguantará conmigo.
Hola, ¿qué tal? ¿Cómo te has hecho eso? Señalando mi escayola, yo no sabía que decirle, no me salían las palabras, tenia miedo a hablar, y que se escapara el corazón. Le dije, no es nada, es una herida de guerra, dije haciéndome el héroe. Y ella sonrió, deteniendo por un segundo mi corazón.
Todos los días en el patio me sentaba en el mismo banco y ella venía a leer a mi lado, a veces cruzábamos alguna tímida palabra, pero me encantaba su sola presencia a mi vera. A veces la observaba leer, y me imaginaba lo que estaría pensando. Era mi juego en ese estado de inmovilidad, pensar lo que la gente pensaría. Meterme en sus pellejos, e intentar sentir sus emociones.
Un día, sentado al lado de ella, mirando la gente disfrutar del patio, hubo algo que me descentró, me cogió de la mano. Mil sensaciones recorrieron mi interior. Sólo me había cogido de la mano, pero nunca antes una chica lo había hecho.
Desde ese instante, me subí en un vagón, empezando un viaje de nuevas experiencias, sentimientos desconocidos y sensaciones inigualables.
Cada día era una nueva ilusión, tenía ganas de verla de estar a su lado, no sabía que iba a pasar, pero su sola presencia, y el saber que ella quería estar a mi lado, era suficiente para olvidarme que seguía con la escayola que me impedía moverme, para olvidarme que tenía que ir a la escuela a estudiar. Cada mañana sonaba el despertador, y de un brinco me despertaba, con ganas de vestirme, peinarme, y ponerme colonia para que ella pudiera olerme y recordar mi fragancia, como yo recuerdo la suya.
Llegaba el fin de semana, y al no ir al colegio, no al veía, se me hacían eterno esos dos días que los pasaba sin verla, y aumentaba mi deseo de estar junto a ella de nuevo el lunes. Para llevar mejor esa distancia, y que se acordara de mí, le regalé un peluche con embadurnado de mi colonia, para cuando quisiera acordarse de mi lo oliera. Ella me prestó uno de sus pañuelos con los que venía al cole. Ese pañuelo lo cogía y apretaba contra mí cuando iba a dormir , sintiendo esa esencia que me hacía sentir que estaba a mi lado.
Muchas noches soñaba con ella, esos momentos que hemos vivido juntos, esas sensaciones que me ha trasmitido sin ella darse cuenta, y que yo antes desconocía.
Mi vida había dado un vuelco, de ser un niño travieso, y no fijarme en las chicas, a tener en mi cabeza a esa chica y olvidarme del resto.
Llegó el verano, desapareció la escayola y la escuela. Todo estaba cambiando y yo no quería darme cuenta. Podía correr, saltar, jugar al fútbol, pero no me apetecía. Yo quería ir al banco a ver a mi amiga, pero mi amiga ya no estaba, se había ido de vacaciones.
Después del verano, tenía la ilusión de volver a verla, pero me di cuenta que no estaba, pregunté por ella a sus amigas,y me dijeron que se había ido a vivir a otro pueblo. Ella se había bajado del tren, dejándome a mi continuar solo en un viaje que no se donde me lleva.

Una gota me cae en la cabeza, otra, y cientas empiezan a caer con gran velocidad. La lluvía me despierta y me vuelve a abrir los ojos. Corro para casa ahora, que no quiero mojarme y prefiero estar calentito con mis seres queridos.